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Que no nos roben el día de Andalucía

Vuelve a ser veintiocho de febrero. Cada veintiocho de febrero sacan pecho los que nos han robado Andalucía. Reparten medallas a sus amigotes. Lanzan discursos falsos y aburridos. Escuchan solemnes una grabación de himno antes de estrecharse las manos, satisfechos, y correr a por unos canapés. Y así se creen que celebran nuestro día.

Sin títuloUn cuatro de diciembre de 1977 millones de andaluces se echaron a la calle exigiendo autogobierno. Pero ese día no pedíamos un gobierno andaluz, sino un país más justo, donde no hubiera paro ni emigración. Pedíamos un país donde vivir felices, pero en vez de eso nos dieron a la Junta de Andalucía.

El día de Andalucía no se celebra ya el 4 de diciembre, sino el 28 de febrero. No celebramos a la gente en la calle, sino el modelo autonómico. Es el aniversario del referéndum con el que los andaluces y andaluzas impusieron el modelo territorial autonómico, basado en el autogobierno. Ese día, al exigir una autonomía plena, pusimos a Andalucía a la misma altura de Cataluña, el País Vasco, Galicia y Navarra. Fue un gesto histórico, pero un gesto institucional y comparativo. Ese día evitamos comparaciones jurídicas, que no es poca cosa, pero no crecimos como el país de justicia que queremos ser.

Porque ese mismo 28-F simboliza la derrota de la Andalucía combativa y avanzada. Es la imagen de la sumisión del pueblo andaluz a una caterva de personajes arribistas y burócratas de medio pelo que nos ha robado el orgullo y, peor aún, la fuerza y la solidaridad como pueblo.

Aunque cada 28 de febrero intenten confundirnos de nuevo, Andalucía no es la Junta, Andalucía es la gente. La Junta de Andalucía no sólo se ha atribuido la representación de nuestra gente, sino que se quiere confundir con la propia Andalucía. La institución, controlada desde hace cuarenta años por la misma pandilla de mediocres y conformistas, pretende suplantar al país. Pero las consejerías, oficinas, delegaciones, institutos y subdirecciones generales no son Andalucía.

La bandera blanquiverde no está hecha para lucir en un despacho en mástil de madera noble y plata, rodeada de boato. Esa no es mi bandera. La blanquiverde está hecha para ondear en los palos de fregona en que la llevan los jornaleros que piden pan y trabajo; o en lo alto de una obra, o en cualquier movilización popular; para lucir en los balcones floreados de las personas que se alzan y piden tierra y libertad. Lee el resto de esta entrada

Un nacionalismo federal para una República Federal de Andalucía

Ha llegado el momento histórico del nacimiento de un verdadero nacionalismo andaluz que ocupe, sin complejos ni miedos, el verdadero espacio político que le corresponde.

Sin títuloUn nacionalismo que proclame la verdadera identidad andaluza como pueblo y como Nación que, las fuerzas gobernadas desde Madrid y ahora Barcelona, llevan décadas intentando ocultar, temerosos de que, el día que el pueblo se levante con su identidad retomada, será Andalucía la que tenga en sus manos la gobernabilidad del Estado Español, y eso es lo que se teme del nacionalismo andaluz.

Pero al fin, la determinación para dotar al pueblo andaluz, de esa herramienta útil para que el destino y el futuro de Andalucía dependa, de forma suficiente del pueblo andaluz sin interferencias no andaluzas, está en marcha y con las fuerzas necesarias.

Para los nacionalistas andaluces Andalucía debe convertirse en una verdadera República Federal, y desde ese punto de partida de soberanía e independencia, sea el pueblo andaluz quien en referendo, elija si se federa con el Estado Español.

Un nacionalismo andaluz federal para una Andalucía federal. Una Andalucía construida de abajo arriba. Un Estado Federal que vertebre el territorio andaluz de forma natural en base al territorio natural, la unidad cultural y social que representa la verdadera administración que representa la comarca. La comarca es el centro neurálgico de la futura administración andaluza. Lee el resto de esta entrada

Andalucía: del monocultivo industrial a la biodiversidad decrecentista

Viajar por Andalucía, además de placentero, es algo muy útil. Permite entender a la perfección lo que es una sociedad industrial y una de sus principales características: el monocultivo. Este rasgo desarrollista, más allá de su tradicional definición como “cultivo único o predominante de una especie vegetal en determinada región”, se puede aplicar de forma más genérica a la producción predominante de cualquier bien o servicio generado en gran cantidad para el consumo de masas y que estructura el paisaje productivo de una tierra.

Visto así, ¡cuan productivista puede llegar a ser gran parte de Andalucía con sus amplias superficies monótonasmonocultivo dedicadas al crecimiento y la explotación brutal de la naturaleza y del trabajo! Sin duda, “el mar de plástico” de Almería no deja a nadie indiferente con sus invernaderos vistiendo de blanco las faldas montañosas que caen al mar, mientras que el océano de olivos entre Córdoba y Granada deja entrever una tierra cansada y erosionada de tanta uniformidad y químicos. Por su parte, la costa malagueña, con sus interminables olas de hoteles y segundas viviendas, es un monumento al monocultivo del ladrillo así como a la sed de promotores y políticos ávidos de desarrollo y de turistas necesitados de sol barato. Mientras tanto el puerto de Algeciras, verdadero monocultivo del container, se erige como punto neurálgico de la era globalizada pero agonizante del petróleo barato, abundante y de buena calidad. Por doquier, si fuera poco, estos monocultivos esconden no pocas miserias laborales, trabajos indecentes, explotación de inmigrantes, desigualdad de género o un reparto profundamente desigual de la tierra. Lee el resto de esta entrada

4D: Nuestro derecho a decidir

4dERA un niño en 1977. Y todo lo miraba con los ojos de un niño. Inocentes por nuevos. Las calles y las horas eran infinitas como las sensaciones recién estrenadas. Quizá ese día estuvieran llenas de banderas andaluzas. Pero yo no tenía la más mínima conciencia política más allá de la admiración por mi abuelo libertario. Es probable que aquel 4 de diciembre me sintiera libre y mayor escogiendo un libro de su diminuta biblioteca. A mí me parecía enorme. Como él. Entonces no teníamos biblioteca pública en el pueblo. Y los pocos libros de mis padres y amigos, incluida la guía de teléfonos, sólo servían para decorar las estanterías del mueble-bar. Pudo haber sido aquel 4 de diciembre cuando mi abuelo abrió con llave los cajones de abajo. Allí guardaba con celo un diccionario y otros ejemplares forrados con hule de colores. La clandestinidad obedecía a su origen emocional: los había leído en el penal del Puerto de Santa María. Toma el que quieras, me dijo. Y fue entonces cuando de verdad me supe libre y mayor. Capaz de todo. Porque me permitió elegir entre lo visible y lo revelado, entre lo permitido y lo prohibido, entre lo asequible y lo deseado. Había conquistado mi derecho a decidir.

Andalucía lo exigió y conquistó en la calle aquel 4 de diciembre. Es importante recordar que en 1977 no había Constitución. Un lobby de poder político y económico estaba diseñando el modelo democrático, social y territorial del Estado. A nadie escapaba que Cataluña y Euskadi serían reconocidas de manera diferenciada en el futuro texto constitucional. Andalucía no quería ser menos. Y se movilizó para ser como la que más. Sirva como ejemplo este párrafo tomado del ABC de 6 de febrero de 1977:”Será un error como lo fue hace 40 años, pensar que a pistoletazos o con prohibiciones se elimina la identidad regional de los pueblos de España. Hoy no es ayer, y el mañana -verde, blanco y verde- está llegando”.Aquel mañana llegó el 4 de diciembre. Y no sólo en Andalucía. Las manifestaciones en Madrid y especialmente en Cataluña convirtieron la causa andaluza en un problema de Estado. Andalucía se postulaba como sujeto político reivindicando el mismo reconocimiento que las comunidades con mayor autonomía. Pero aquel lobby constituyente nos dio la espalda. Y tuvo que ser Manuel Clavero quien incrustara el durísimo art. 151 en la Constitución para aliviar la injusticia. Sólo Andalucía hizo uso de aquel artículo infernal que permitía a los pueblos decidir y hacer historia. En consecuencia, aquel 4 de diciembre es el precedente más importante y actual del “derecho a decidir” que se debate en Cataluña. En la forma y en el fondo. El pueblo andaluz exigió decidir y el Estado se vio forzado a permitir una vía constitucional que lo hiciera posible. Y haciendo uso del mismo, a pesar de los escollos legales y políticos, Andalucía se sintió y se supo libre y mayor. Capaz de todo.

Lamento que aquel titular de ABC siga vigente: ni los pistoletazos ni las prohibiciones servirán para eliminar las identidades culturales de los pueblos del Estado. Suspendiendo la autonomía catalana o inhabilitando al presidente de la Generalitat, sólo conseguirán cebar electoralmente los nacionalismos catalán y español. Tal vez sea eso lo que busquen si Rouco Varela y Susana Díaz coinciden en defender la unidad de España. La solución pasa por normalizar el legítimo derecho de los ciudadanos y de los pueblos a elegir libremente su destino. Y eso no se consigue con estados de sitio que lo prohíban, sino con reformas constitucionales que lo permitan. A diferencia de la Constitución de 1931 que habilitaba un referéndum derogatorio para revocar una ley aprobada en las Cortes, la actual de 1978 nació con el miedo en el cuerpo a la democracia participativa. Sólo habrá referéndum, aunque no sea vinculante, cuando lo quiera el Gobierno central. Así es imposible. Y por eso entiendo que el Parlamento catalán se vea forzado a disfrazar las palabras, llamarlo consulta, basarse en el padrón, abrir la votación a mayores de 16 años y no llamar a la democracia por su nombre con tal de ejercerla. Decía Francesc Macià en 1934 que”desde el momento en que un pueblo siente y quiere su voluntad y lo expresa de una manera terminante, ya aquel pueblo no tiene por qué esperar a que unas Cortes se la den, sino que tiene derecho a proceder seguidamente a ir formando su estructura administrativa”.Y también lo entiendo. Como si nada hubiéramos aprendido después de una guerra civil, una dictadura y más de treinta años de democracia.

Y mientras tanto, Andalucía no entiende lo que ocurre porque enterró la memoria de la fecha más sublime de su historia política. Conmemorar el 4 de diciembre no es un ejercicio de nostalgia sino de justicia y verdad. Porque si fuésemos conscientes de lo que hicimos, volveríamos a sentirnos libres y mayores. Capaces de todo.

Antonio Manuel Rodríguez Ramos

El día de Córdoba