Archivo de la categoría: Alternativas

¿Qué representa hoy el anarquismo? ¿En qué creen los anarquistas?

Muchas personas siguen confundidas con respecto al anarquismo, asociándolo con violencia indiscriminada, caos y desorden. Esta imagen distorsionada contraviene más de un siglo de actividad anarquista. De modo que, si no es caos o desorden, ¿qué representa el anarquismo? ¿En qué creen los anarquistas?

Valores centrales del anarquismo

Al nivel más elemental, los anarquistas creen en el valor igualitario de todos los seres humanos. Los anarquistas también creen que las relaciones de poder jerárquicas no sólo son injustas, sino que corrompen a quienes ostentan poder y deshumanizan a quienes no lo tienen. En cambio, los anarquistas creen en democracia directa, cooperación y solidaridad. Los anarquistas se oponen al estado, el capitalismo, la supremacía blanca, el patriarcado, el imperialismo y otras formas de opresión, no porque crean en el desorden, sino más bien porque creen en una libertad igualitaria para todos y se oponen a todas las formas de explotación, dominación y jerarquía.

De modo que, si los anarquistas no están a favor del desorden y el caos, ¿qué apoyan? Los anarquistas reconocen que el orden social actual promueve un desorden individualista y competitivo, y la destrucción de la ecología, no la libertad para todos. Por ejemplo, bajo el capitalismo, la élite adinerada posee la libertad de dominar y explotar al resto de nosotros, mientras nos quita la libertad de controlar nuestro trabajo y nuestras vidas, y nos despoja de la capacidad de participar equitativamente de las ventajas económicas y tecnológicas de nuestro mundo creadas global e históricamente. En contraste, los anarquistas apoyan los principios de la solidaridad y la libertad igualitaria para todos, en todos los aspectos de la sociedad.

La democracia directa reemplaza al estado

El Estado democrático es una contradición conceptual para los anarquistas. El Estado no es realmente participativo, sino es más bien un sistema de gobierno en que algunos gobiernan y otros son gobernados. Está compuesto de instituciones y relaciones de poder jerárquicas en las que algunos, elegidos o no (en lugar de la sociedad en su totalidad), toman decisiones obligatorias y con carga valórica para el resto de nosotros, e imponen dichas decisiones con la amenaza directa (o subyacente) de violencia. Para gobernarnos a nosotros mismos sin el Estado, los anarquistas proponen asambleas de democracia directa con delegados revocables sujetos a mandato popular (es decir, deben transmitir las visiones específicas y los votos de todos los participantes de la asamblea) que son inmediatamente revocables (en contraste con los “representantes” que, luego de elegidos, toman sus propias decisiones) para entablar diálogos, negociaciones y compromisos con grandes cantidades de personas. Por ejemplo, en lugar de elegir senadores y representantes, los anarquistas proponen asambleas de barrio compuestas probablemente por 200 a 400 personas para analizar, debatir y dialogar directamente acerca de los distintos asuntos que surgen en nuestra sociedad. Los grupos de vecinos pueden enviar a sus delegados con votos específicos sobre cada asunto para que haga lo mismo en asambleas subregionales, asambleas regionales y una asamblea global. Si cada uno de estos cuatro niveles de asambleas de democracia directa fuera de alrededor de 300 personas, se puede tener un autogobierno de democracia directa de 8.100 millones de personas. Por supuesto que este es sólo un ejemplo teórico y podría tener distintas formas y cantidades numéricas en la práctica; pero estas estructuras de democracia directa eliminarían la necesidad de que otros tomen decisiones para la población global y, por el contrario, implican la toma de decisiones participativa y de todas las personas del planeta mediante la democracia directa. Lee el resto de esta entrada

El cuidado

Cuenta una fábula antigua que “Cierto día, Cuidado tomó un pedazo de barro y lo moldeó con la forma del ser humano. Apareció Júpiter y, a pedido de Cuidado, le insufló espíritu. Cuidado quiso darle un nombre, pero Júpiter se lo prohibió, pues quería ponerle nombre él mismo. Comenzaron a discutir. En esas apareció la Tierra, alegando que el barro era parte de su cuerpo, por tanto, tenía derecho a escoger el nombre. La discusión se complicó. Entonces, todos aceptaron llamar a Saturno, el Dios ancestral, para que dirimiera el asunto. Saturno decidió la siguiente sentencia: Tú, Júpiter, que le diste el espíritu, recibirás su espíritu cuando esta criatura muera. Tú, Tierra, que le has dado el cuerpo, recibirás su cuerpo cuando esta criatura muera. Y tú Cuidado, que moldeaste la criatura, la acompañarás durante toda su vida. Y como no ha habido acuerdo sobre el nombre, decido yo: se llamará “hombre”, que viene de humus, que significa tierra fértil”.

Lee el resto de esta entrada

La renta básica universal no crea vagos

Suiza, cuya mayor contribución a la humanidad sea, posiblemente, haber perfeccionado el reloj de cuco y la navaja multiusos, se ha hecho aquí muy popular por sus cuentas numeradas, que son el orgullo de nuestra delincuencia de cuello blanco. Estos días, sin embargo, los suizos han vuelto a ocuparnos por su rechazo en referéndum a que el Estado proporcione una renta básica mensual de 2.250 euros a cada ciudadano por el mero hecho de serlo. Nuestros liberales de cabecera se han apresurado a alabar la sabiduría helvética y sus raíces calvinistas que, según entienden, han hecho que triunfe el trabajo frente a la molicie.

RENTA-BASICA-YADe la renta básica incondicionada hemos tenido pocos profetas. La propuso Podemos en algún momento y tardó poco en meterla en un cajón y sustituirla por una renta mínima de 600 euros para hogares sin ingresos cuando empezó a darse cuenta de que el partido terminaría haciéndose socialdemócrata, pero a la española. Se trata, sin embargo, de la culminación lógica del Estado del Bienestar, y así se ha entendido en el norte de Europa, donde ya se ha pasado la etapa del debate y se camina hacia su implantación.

Si aceptamos que el ser humano al nacer tiene derecho a tener cubiertas sus necesidades más básicas, la única pregunta que cabe hacerse es si el modelo es financiable y sostenible o, por el contrario, se trata de una idea peregrina que hay que rechazar de plano. Según se verá ahora, es perfectamente realizable tal y como demuestran los estudios económicos y las experiencias prácticas de las que ya se disponen.

Varios de los promotores de la Red Renta Básica, Daniel Raventós, Antoni Doménech, Jordi Arcarons y Lluís Torrens, llevaron a cabo hace unos años una simulación para el conjunto de España con una muestra de casi dos millones de liquidaciones del IRPF de 2010. Los criterios fueron los siguientes: asegurar una renta incondicionada de 7.500 euros anuales a los mayores de 18 años (que es donde se sitúa el umbral de la pobreza en España) y de hasta un 30% de esta cantidad a los menores. Dicho importe estaría libre de impuestos y sustituiría a toda prestación pública inferior o se subsumiría en las superiores (los pensionistas que cobren 1.000 euros en la actualidad recibirían la misma cantidad, de la que 625 euros serían renta básica y 375 euros de pensión, y los que no llegaran a 625 euros verían complementado lo que reciben). Y todo ello asegurando que no se generase déficit y que se pudiera seguir financiando el gasto público actual, especialmente sanidad y educación. Lee el resto de esta entrada

La revolución de los cuidados

Cuidado, afecto y ternura son valores atávicamente atribuidos a las mujeres pero ni el mundo se puede permitir que el 50% de la humanidad delegue estos valores en las mujeres, ni los hombres se pueden permitir renunciar a los beneficios que para su vida puede suponer cuidar a los demás.

somosiguales

Para poder hacer realidad la revolución de los cuidados, para poder construir unas relaciones humanas más justas e igualitarias, hay que desenmascarar las desigualdades que nos atraviesan. Por lo tanto, hay que buscar la encrucijada entre una vida basada en la igualdad entre mujeres y hombres, en los derechos sociales, políticos y económicos, en la libertad, en la redistribución de la riqueza y del trabajo, en el fortalecimiento de los servicios públicos, etc., y una vida centrada en el cuidado y en la interdependencia. Porque no puede haber una verdadera justicia social si por el camino dejamos de cuidar a las persones que nos rodean… o si los cuidados recaen exclusivamente en las mujeres.

Solo restableciendo el equilibrio entre identidades relacionales (tradicionalmente vinculadas con la feminidad) e identidades individualizadas (ostentadas históricamente por los hombres a través del mantenimiento del poder y el privilegio y de su apropiación del espacio público), encontraremos la vía para desarrollar esta ética del cuidado y de la responsabilidad colectiva que tan acertadamente describe la filósofa Carol Gilligan:

En un contexto democrático, el cuidado es una ética humana. Cuidar es lo que hacen los seres humanos; cuidarse de uno mismo y de los demás es una capacidad humana natural. La diferencia no estaba entre el cuidado y la justicia, entre las mujeres y los hombres, sino entre la democracia y el patriarcado.

Socializar el cuidado es, por lo tanto, la clave para «hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad» de forma colectiva y para construir una verdadera democracia. Por eso hay que concienciarse de que somos seres vulnerables y de que la atención a esta vulnerabilidad es una responsabilidad social.

De la hostilidad y el rechazo a la hospitalidad y la acogida

Asistimos hoy en día a un desplazamiento forzado de personas que no tiene parangón con ninguna situación pasada. Por un lado las desigualdades económicas se han vuelto abismales; el capitalismo con la compra masiva de tierras, y la explotación de los recursos materiales, ha dejado inmensos territorios sin ningún tipo de perspectiva de futuro. Por otro lado, el incremento del número de conflictos armados ha provocado que el número de refugiados se disparase hasta superar los 60 millones de personas.

Refugiado sirio acogido en la isla de Lesbos (Grecia). Autor: Juan Hidalgo.

Refugiado sirio acogido en la isla de Lesbos (Grecia). Autor: Juan Hidalgo.

Ante esta situación las zonas «ricas y con estabilidad» de nuestro mundo, en vez de abordar las causas de los desplazamientos y buscar la protección de todas estas personas, han corrido a proteger sus fronteras para dificultarles el paso. Esta actuación por parte de algunos estados es simplemente criminal. En todo el mundo, sin embargo, se va despertando la conciencia de que por mucho que levantemos muros no solucionaremos el problema de fondo. Harán falta soluciones políticas globales. Europa no puede seguir en este desgobierno e indiferencia, lavándose las manos cuando es parte activa en la creación de estos desequilibrios a escala mundial.

Pero será necesario un trabajo de abajo a arriba que vaya generando una cultura de la hospitalidad que se oponga a la de la hostilidad. Habrá que combatir a aquellos que quieren pescar políticamente en el río de los discursos xenófobos, que se aprovechan del miedo, y que solo buscan levantar muros entre las personas. Venimos de una tradición bíblica en la que las referencias a la hospitalidad son constantes, porque para aquel que vivía en el desierto la hospitalidad era sinónimo de supervivencia. Actualmente es así para millones de personas, que solo tienen en nuestra acogida una posibilidad de futuro. Estamos obligados a ello, por una ley de humanidad escrita en nuestros corazones y que va más allá de cualquier ordenamiento jurídico. Este cambio solo se producirá si logramos ir diluyendo la frontera que separa el «nosotros» de los «otros», y somos capaces de ver en estos «otros» a «nuestro hermano».

La insoportable desigualdad

Concluimos el año 2015 con unas cotas de desigualdad inéditas hasta hoy: el 1% de la población ya tiene tanta riqueza como el 99% restante. El número de ricos (aquellos que tienen más de un millón de dólares) crece un 40% en España desde el inicio de la crisis. 6 billones de dólares se mueven en estos momentos de manera opaca en paraísos fiscales. Al mismo tiempo la pobreza en nuestras ciudades se cronifica: más de 1/3 de los hogares españoles tienen ingresos medios inferiores a los 800 euros mensuales; el paro disminuye solo a base de creación de puestos de trabajo precarios y mal pagados… y podríamos seguir.

6a00d8341bfb1653ef0147e34391a8970b-320wiLa utopía de los más ricos tiene la forma de la peor distopía para los pobres, inconscientes los primeros de que el bienestar de los últimos es la única clave para el bienestar de todos. Soy consciente de la dificultad de cambiar un sistema económico hegemónico a nivel mundial y enraizado culturalmente. El capitalismo solo es legítimo si es capaz de mejorar la vida de los que están peor. Cuando no lo hace, merece ser claramente cuestionado.

Ahora sabemos que no podemos seguir viviendo así si queremos que otros puedan vivir mejor. Pero tampoco podemos seguir viviendo así porque este modelo de vida no nos hace más felices, más solidarios ni más humanos.

En el «mientras tanto» de esta historia de dolor y sufrimiento, el afecto y la ternura que mueven a la compasión nos obligan a examinarnos. ¿Qué es aquello que me encadena y me deshumaniza? ¿Cómo puedo vivir de manera más solidaria y comunitaria?

La revolución ecológica

Los síntomas de agotamiento que sufre la tierra (escasez de agua potable, pérdida de biodiversidad, pérdida de tierras de cultivo…) y los signos de alerta que constantemente da aquí y allá (desertificación, contaminación de ríos y mares…), son preocupantes. Creer que la tecnología y la ciencia arreglarán el problema ecológico en el futuro es una falacia que nos anestesia y nos desresponsabiliza. Nos jugamos la vida en ello, la presente y la futura.

ecología-burgosYa sufrimos los efectos: enfermamos y tenemos peor calidad de vida. Pero lo que aquí es una afectación que puede pasar desapercibida, en otros lugares es cuestión de vida o muerte. Hay lugares en los que el cambio climático y la acción irresponsable del ser humano sobre la tierra, matan. El abuso y su efecto no coinciden en el espacio y en el tiempo. Por ello tenemos que superar la «miopía espacial» y la «miopía temporal», y cambiar la mirada utilitarista y fragmentada de la realidad por una mirada sapiencial y holística.

La revolución ecológica comienza por nosotros mismos. La conversión a la sobriedad compartida no solo permitirá que viviendo nosotros con menos, otros puedan vivir, sino que se revelará como factor de liberación para nosotros mismos. Tenemos que redescubrir la dimensión profética de los pequeños gestos cotidianos para mostrar que otras maneras de vivir son posibles. Así se va creando una cultura compartida de respeto a todo lo que nos rodea (consumo, hábitos, redes comunitarias…). Nos tenemos que dar cuenta de que nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza no es diferente de nuestra manera de relacionarnos entre nosotros. Las relaciones humanas interpersonales, las relaciones de género, las relaciones entre las culturas, los pueblos, los Estados, pueden ser de dominio, de explotación, de falta de escucha… o al contrario.

La casa común necesita afecto y ternura, necesita cuidados urgentes y esto se tiene que traducir en una nueva manera de vivir, consumir y pensar el mundo y las relaciones, y también en nuevas formas de participación social y acción política.

La revolución del afecto y la ternura

Mirando el mundo tal y como está no hay duda de que necesita una revolución. Necesita una revolución ecológica, política, social y económica, pero fundamentalmente necesita una revolución del afecto y la ternura. No nos podemos permitir ni un minuto más amar y amarnos tan poco y tan mal. Nuestro cuerpo, nuestra psicología y nuestro corazón ya no resisten más odio, desesperanza y egoísmo. No podemos con más desconfianza, más miedo y más indiferencia. Estamos hechos para el amor.

ternuraSomos seres limitados. Vivimos en un cuerpo con necesidades concretas e ineludibles que van cambiando a lo largo de la vida. No podemos vivir ignorando la realidad de nuestra fragilidad y finitud. No podemos eludir nuestra necesidad de los demás, porque no podemos vivir sin amor ni reconocimiento. Nos necesitamos los unos a los otros, para sentir el calor de la estima y la amistad, para consolarnos de nuestra contingencia, para acompañarnos en nuestra soledad esencial. Nos necesitamos para sentirnos vivos, nos necesitamos para estar vivos.

No hay afecto sin el otro a quien amar. El afecto se expresa con palabras, gestos, actitudes y hechos. El afecto coge a toda la persona, transforma la cabeza, el corazón y los sentidos. En el abrazo, nos abrazan; en la mirada a los ojos, nos miran; en la cordialidad, el corazón se calienta; en la caricia, nuestra piel se siente reconfortada… No hay riqueza que compre el afecto o que destierre el odio, ni hay dinero que construya la esperanza y la confianza. Sin afecto y ternura, sin dedicar tiempo y energía a cuidarnos, estamos externalizando costes. Lo pagan nuestro cuerpo y nuestra psicología, lo pagan los más vulnerables y los excluidos de este mundo, lo paga la naturaleza, lo pagan las mujeres, lo pagan los niños y las niñas, las relaciones de vecindad, la familia, los amigos.

En un mundo hostil a la humanidad, que nos endurece el corazón y nos desintegra, reivindicamos la revolución del afecto y la ternura como punto de partida, como lentes con las que mirar el mundo y las personas.

Hay que reducir drásticamente las horas de trabajo

Renacer antes de que sea demasiado tarde. Cambiar la economía del crecimiento sin crecimiento por la del decrecimiento. El catedrático francés Serge Latouche lleva más de una década defendiendo su utopía. Filósofo y economista, sabe que las ideas han de venderse como cualquier otro bien de consumo: con un buen eslogan y un mensaje contundente.

businessman busy multitasking

Latouche desgrana tanto los síntomas de una sociedad en declive, como los ingredientes de su antídoto, el decrecimiento. Para Latouche, una sociedad de crecimiento sin crecimiento “lleva al paro y la falta de financiación para aquellas cosas que proporcionan un mínimo de bienestar como son la cultura, el medioambiente o la sanidad”. Es como un ciclista que no pedalea.

Sin academicismos, Latouche ha subrayado que, como bien se sabe en España, el sistema ha vivido una época de “crecimiento ficticio basado en la especulación”. Según el profesor emérito de la Universidad de París Sud, la felicidad y el Producto Interior Bruto (PIB) son términos reñidos.

“Las sociedades desiguales no generan felicidad”

“El sistema no hace que las personas sean felices. Las sociedades desiguales no generan la felicidad, ya que ni siquiera los ricos son felices en sociedades desiguales”, explica. “En los países más felices no se producen muchos coches, pero sí alegría de vivir”, bromea el catedrático refiriéndose a países como Costa Rica, la Republica Dominicana o Jamaica.

Latouche considera una falacia tanto la idea de crecimiento como la de desarrollo sostenible, ya que ve imposible producir, consumir, explotar los recursos y contaminar de manera ilimitada. Según el erudito, el sistema está engrasado por la”triada infernal”: la publicidad, los bancos y la obsolescencia programada. Una sociedad así, apostilla, “no es sostenible ni deseable”.

Lee el resto de esta entrada